Abril 2021. Fibra de Aerotécnicos

Nuestro amigo – Cte. Daniel Puyol, invariablemente nos envía sus cuentos. A disfrutar!!!

Fibra de aerotécnicos

Se trata de una maravillosa estirpe extendida por todo el mundo, que encontrarás donde haya un artefacto capaz de volar. De tanto en tanto el destino corre las sutiles cortinas del pasado permitiendo reconstruir hechos y situaciones que, despojados ahora de los ánimos que los modelaron, podemos apreciar en una plenitud entonces inimaginable.
Las confesiones que se han conocido recientemente de los participantes de la carrera espacial, la gran epopeya del siglo XX, arrojan luz sobre detalles nunca bien esclarecidos y hasta guardados bajo siete llaves en documentos clasificados como secreto de estado, a los que probablemente nunca nadie accederá.

La conmemoración del 60 aniversario del primer vuelo humano al espacio ocurrido el 12 de abril de 1961, nos transportó en estos días hasta los inicios de la gesta espacial, una osada aventura de la tecnología, el ingenio y la determinación, donde no faltó la grandeza de seres injustamente anónimos relegados a un segundo plano, sin cuya labor nada hubiese sido posible. A ellos y a sus sucesores, nuestros queridos aerotécnicos, van dedicadas estas
líneas.

La gloria le correspondió al cosmonauta Yuri Gagarin, un joven de 27 años hijo de agricultores, nacido en un “kolkhoz”, que fuera entrenado como piloto de combate de la Fuerza Aérea de la Unión Soviética, para luego ser convocado al proceso que logró el primer vuelo espacial humano, un triunfo excepcional para la URSS; algo que caló muy hondo en el corazón de sus ciudadanos, luego de décadas de purgas, rigor y sometimiento.

Al regreso de su histórica misión, Moscú recibió al cosmonauta con un impresionante desfile por la Plaza Roja a bordo de automóviles descapotables, en medio de un mar humano que lo aclamaba y le arrojaba flores a su paso. La banda tocaba y gente lo vitoreaba. Fue allí cuando Yuri Gagarin inmortalizó para la posteridad su amplia sonrisa, ante un pueblo sufrido que empezaba a conocer los beneficios de una nueva etapa aperturista impulsada por Nikita Jrushchov, y que identificaba en ese hombre pequeño de uniforme azul la grandeza de la Rusia inmemorial, capaz de proezas inimaginables.

Yuri había cumplido con su deber en un exitoso ascenso de una sola órbita, aunque no exento de problemas que supo superar con éxito, ganándose para Fibra de aerotécnicos siempre la amistad del secretario general Jrushchov quien, en aquel año previo a la crisis de los misiles de Cuba, gozaba de un prestigio y una aprobación popular tan alta como el vuelo de su joven cosmonauta.

Pero la gran tarea fue la de transformar un misil balístico intercontinental R-7 en un vehículo de exploración científica del espacio, y para ello hubo que ir a buscar al ingeniero Sergei Korolev a un gulag en Siberia, donde cumplía condena por profesar ideas contrarias al comunismo imperante.

El ingeniero Korolev era un líder nato, exigente con los resultados y celosamente responsable por su gente que lo seguía sin condiciones. Su prematura muerte en enero de 1966 fue para muchos la causa principal de que el Programa Espacial Soviético no llegara a la Luna antes que la NASA.

Él supo armar y dirigir el sobresaliente equipo de ingenieros, calculistas y mecánicos idóneos para la hazaña, anticipándose en 23 días al vuelo de Alan Sheppard, algo que todavía se recuerda con la satisfacción morbosa de la rivalidad.

Cuando la decisión de viajar al espacio fue comunicada por los medios de prensa, más de 2.000 candidatos se presentaron a la convocatoria para ocupar ese lugar a bordo de la Vostok 1, implementándose un proceso de selección reñido y extenuante. Meses de arduo entrenamiento y frustrante disputa por una vacante fueron filtrando a los diversos postulantes hasta que quedaron los dos mejores, Gherman Titov y Yuri Gagarin. Eran dos aviadores de raza, la flor y nata de la Fuerza Aérea Soviética, con una destreza y resolución como la que se necesitaba para emprender tamaña empresa.

La decisión de quien abordaría la nave y quien sería el piloto suplente se tomó en la semana previa a la partida, y el argumento que definió la contienda nada tuvo que ver con los méritos personales que ambos candidatos exhibían en abundancia. A Yuri lo escogieron para el famoso primer vuelo por ser un hijo de agricultores. Era menester mostrarle al mundo cómo en la Unión Soviética de los años de la guerra fría, el hijo de unos humildes campesinos podía llegar a comandar una nave espacial, ante la incredulidad de Gherman Titov quien, cuando le fue comunicada la
noticia, se limitó a responder: “sí, camarada” … El vuelo del Vostok 1 estaba previsto para ser ejecutado en forma totalmente automática sin intervención humana de ningún tipo, la tarea de Gagarin dentro de la nave no era otra que la de subir y regresar vivo del espacio, resolviendo los problemas que se presentaran. El módulo era capaz de ejecutar por sí solo todos los procedimientos para alcanzar la órbita, mantenerse en ella en un rumbo correcto, y habilitar un descenso preciso para reingresar a la atmósfera hacia un seguro aterrizaje cerca de Smelovka en Sáratov. Como medida alternativa de seguridad el Vostok 1 contaba con la posibilidad de ser comandado manualmente por el cosmonauta,habiéndose entrenado a Gagarin en el simulador para esta eventualidad.

Pero el control manual no estaba disponible, se encontraba protegido por un código de seguridad de tres dígitos que sólo sería comunicado por radio al cosmonauta en caso de una emergencia. Este disparate procedural que dejaba a Gagarin completamente desprotegido ante una falla eléctrica, había sido una exigencia de los camaradas del partido. Bajo ningún concepto la KGB quería dejar liberada la posibilidad de que al piloto se le ocurriese la peregrina idea de tomar el control en pleno vuelo, para dirigir la cápsula hacia la libertad de occidente.

El 12 de abril de 1961 todo estuvo pronto en el cosmódromo de Baikonur para el lanzamiento. Aún conmueve la filmación de lo que allí ocurrió ese día. Las efusivas despedidas con sabor a que tal vez fueran las últimas, la sonrisa de Gagarin subiendo al elevador que lo transportaría hasta la cápsula de comando del inmenso cohete, mientras Titov, correctamente vestido de astronauta suplente, masticaba su resignación dentro del autobús que condujo a ambos hasta la plataforma de lanzamiento.

Yuri se despidió de todos y se encaminó hacia lo alto acompañado de Oleg Ivanovski su mecánico de mayor confianza, y un par de ingenieros que tendrían a cargo la resolución de eventuales inconvenientes de último momento. Ocupó su lugar dentro de la nave espacial, amarró su cinturón Fibra de aerotécnicos de seguridad y sus arneses, y antes de cerrar la escotilla, en la intimidad de aquel oscuro habitáculo, Oleg le susurró al oído: “Yuri, el código secreto es 325”.
Gagarin tomó su mano y le agradeció ese mensaje que provenía del propio Korolev y que no era más que una certificación del espíritu noble, fibra auténtica de la cual están hechos todos los aerotécnicos.

Después el sonido estruendoso y crepitante del despegue del cohete lo cubrió todo con un manto de emoción e incertidumbre. 108 minutos después llegaba la cita con la gloria.

Un enorme automóvil negro descapotable se abría camino por las calles de Moscú con Gagarin de pie saludando a la muchedumbre. Detrás varios vehículos transportaban decenas jerarcas y burócratas que nada tuvieron que ver con la hazaña. El automóvil que llevaba al ingeniero Korolev y algunos de sus geniales colaboradores ocupaba el lugar número 12 de la marcha…

Este recuerdo es para nuestros queridos aerotécnicos, con el agradecimiento por tantas veces haber susurrado en nuestros propios oídos palabras tan salvadoras como el recordado “325”.

Daniel Puyol – 2021

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